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Big Fish {Tifón}

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Big Fish {Tifón}

Mensaje por X-23 el Vie Nov 25, 2011 1:59 am

El muelle, un lugar que podía mostrar las dos caras de New York, lo mejor y lo peor de la ciudad que nunca duerme. De día, daba la bienvenida a todo ciudadano o extranjero que llegara a recorrer sus ríos de asfalto y servía de resguardo para el transporte de los ricos, yates que servían tanto como centro de eventos de fines de semana, así como simples artefactos para presumir la riqueza de algunos. Pero de noche… simplemente se volvía un Antro del Infierno.

Como si de un escondite de ratas se tratara, el lugar atraía a vagos, bandas callejeras, drogadictos, la escoria de la ciudad. Era el punto de encuentro de Mafias, y donde solían resolver sus “asuntos”. Y una de las tantas cosas que había aprendido luego de cientos de misiones exitosas tanto para la mafia como contra esta en The Facility, era que todo asunto ilegal podía llevarse a cabo en los muelles y los métodos en que estos se llevaban a cabo.

Pero era curioso el modo en que el trabajo que había hecho para ellos ahora se volvía contra ellos.

La pistola que antes apuntaba hacia ella se había vuelto contra quien la empuñaba, después de todo, es difícil apuntar cuando te falta parte de las manos y gimes de dolor. No era la primera vez que se encontraban, ella recordaba perfectamente el rostro del hombre que entre patéticos sollozos, aun intentaba mostrarse firme. – Solo lo repetiré una vez más.- El tono fue frio, fuerte y claro. – Hace un año, exactamente el 23 de Noviembre a las 00:46 horas recibiste un paquete que contenía varias muestras de una esencia en específico. ¿A dónde fue a parar ese paquete y cuando fue la última vez que recibiste uno similar? – Hace meses, desde la última vez que un grupo de hombres armados había intentado capturarla sin razón alguna, había vuelto a las investigaciones relacionadas con The Facility y ahora que gracias a la información que había logrado sacar de ese mismo grupo de hombres –ahora, simples cadáveres- se había enterado de que al parecer habían vuelto a trabajar en la esencia gatillo. Pero al parecer, tu acompañante había sufrido una repentina pérdida de memoria. – No lo sé… ¡Ya te dije que no lo sé! – El ceño de la joven se frunció, cambiando de esta forma su inexpresivo semblante. – Respuesta Incorrecta.- Musitó, mientras se preparaba para jalar el gatillo, acción que al parecer, hizo que el pobre hombrecillo recuperara tanto el sentido como la memoria. - ¡Espera, espera! Recuerdo que hace unas semanas enviaron un paquete similar, pero dijeron que era una simple replica… M-M-Murray es a quien buscas, él sabe más sobre esto.- Su pregunta ya había sido respuesta, la duda solucionada y el trabajo ya había sido prácticamente hecho: tenía la información que necesitaba y un nombre. No quiso atrasar más el proceso, por lo que sin más jaló el gatillo para que una bala atravesara su cráneo, justo por entremedio de sus ojos; el hombre había dejado de serle útil. Antes de que el cuerpo cayera inerte al suelo, con el pia y una fuerte patada lo empujo hacia el fin del concreto, provocando que de esta forma, el cuerpo cayera acompañado del arma que lanzó después de él. El cuerpo ya estaría bajo el mar por la mañana.

Para su infortunio, no había tiburones que se vieran llamados por el delicioso rastro de sangre que fluía por el agua y se deshicieran con el molesto rastro. O al menos eso era lo que creía…


X-23

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Durmiendo con los peces.

Mensaje por Tifón el Vie Nov 25, 2011 5:31 pm

Y es que cuando no deseas estar en un sitio y añoras con verdaderas ganas largarte de ahí, pareciera que el tiempo goza en extenderse infinitamente, como si la ya de por sí tortuosa experiencia de aquel desagradable momento no fuese a acabar nunca. Ese sádico bastardo, el tiempo, parecía haber lanzado una fiesta aquella noche... y, curiosamente, él no era el único que la disfrutaba.

–¡Maldito imbécil, ¿sabes con quien estás metiéndote?!– vociferó desgarrador el mancillado hombre, postrado de rodillas con su alba cabellera teñida por el tono carmesí de su propia vida –Cuando La Mano sepa lo que has hecho, oh, cuando lo sepan, van a venir por ti y, juro a Dios, que yo mismo volveré y me encargaré de arrancarte la...–, –¿Vida? ¿Las ganas de seguir respirando para cuando nos reencontremos y liberes tu rabiosa vendetta contra mi? Deberás aplicarte más que eso, anciano. Yo te enseñé a decir esa clase de porquerías en los cincuenta, cuando aún eran usadas... No has cambiado nada desde entonces– interrumpió cortante el único en pie entre ambos, estoico y sólido como uno de los eternos pilares que mantenían aquel páramo de concreto y embarques –Lo siento, Tony. Pero además ser el estereotipo italiano más irritante de todos, no está en mis planes regresar con ustedes. Digamos que estoy viviendo una crisis laboral últimamente y aunque aprecio que intenten apuñalarme y todo eso por las noches, no es la clase de ofertas que busco–. El gigante marino revelaba su identidad de entre las sombras, aproximándose al abatido cuerpo de su conocido, alzando su mentón con la punta de sus letales zarpas y robandole un cigarrillo del pequeño bolsillo en su chaqueta.

–Michael, no hay necesidad de terminar así. Nosotros te dimos un nombre, nosotros fuimos tu familia, ¡nosotros te hicimos lo que eres!–. Su interlocutor guardó silencio por momentos, prendiendo sin apuro el cigarrillo y dando una profunda probada del mismo. El tiempo gozó una vez más esa noche, inundando la memoria del voraz depredador con caóticos recuerdos que resonaban como estridentes ecos, todos clamando por aquel nombre por el que alguna vez fue llamado. El tabaco se quemó rápido y apagó la colilla cerrando su propio puño. Su rostro era nefasto y la poca empatía que exhibía momentos atrás ahora fue reemplazada por un velo de profundo desagrado. Velo, esa palabra también repercutió en él.

–Si, Silverman. Pero, ya sabes como dicen...– alzó su diestra y tan visceral como el alarido de una bestia salvaje, propició un único y limpio corte al cuello del sometido mafioso, rasgando no sólo su carne, sino también el orgullo aparentemente indomable que ésta escondía –...No se escoge a la familia. El lacerado cuerpo del anciano cayó inerte en una mancha roja de su propia miseria, escurriendo por sobre su lustroso traje y la sangre de los quince individuos con los cuales se había presentado amenazante al almacén donde el titán marino pasaba las noches. Tifón respiró acelerado y, por momentos, incluso pareció complicado en tal acto. Llevó la zurda a su corazón y hundió las uñas en su piel impenetrable, casi deseando arrancarse lo que yacía tras ésta. No contuvo el deseo y se abalanzó en una serie de brutales y bestiales mutilaciones sobre el cadáver fresco del recién abatido, desfigurando cualquier identidad que el cuerpo alguna vez pudo poseer. Ahora no era más que una masa sangrante y destrozada.

Los minutos pasaron y la afección corporal no dimitía, el dolor en su torso se extendió hasta su sien y de ahí abarcó la totalidad de su cuerpo a través de la espina. Que terrible noche para vivir la pesadilla mundana a la cual estaba sometido desde que poseía memoria. Ni cinco minutos habían pasado y una vida era una comparación ridícula para ejemplificar cuando sentía haber sufrido. Maldito sea el tiempo y su cruel juego de percepciones. Pero eso no lo detuvo, así mismo, acompañado de aquel paralizante dolor, disfrutó por una eternidad el ver como los cadáveres de sus, alguna vez, compañeros ardían en una pila humeante y grasosa. Si, sonrió complacido a pesar de la agonía.

Finalmente el dolor cedió, de forma tan repentina como apareció, y el agobiado mutante se acercó al borde del muelle para arrojar los restos calcinados de la turba de mafiosos a las sucias aguas neoyorquinas. Tardarían bastante en encontrarlos; si es que alguien, alguna vez, se daba la molestia de buscarlos. Antes de comenzar con el ya habitual ritual de tirar la basura, llevó su diestra al borde del agua y como una cuenca sacó un poco de la misma, bebiéndola en busca de un poco de paz y aliviar el calor que la fogata humana le había traspasado. Pero no, la armonía era renuente a él aquella noche de eterno durar y pasarían muchos años antes que las horas restantes anunciaran el amanecer. –¿De donde conozco este sabor?– preguntó sarcástico para sí mismo, volviendo a beber del río para asegurarse que toda jornada no lo tenía alucinando. No, estaba en lo correcto, alguien más había montado su propia fiesta en aquel vetusto rincón de los muelles de Nueva York.

Se arrojó al agua y nadó con la gracia acuática que sólo él poseía, en un ambiente más conocido que cualquier embarcación del sitio. El viaje fue corto, era un aroma impregnante, fresco, que recién mancillaba las turbias aguas del lugar. Ahí lo encontró finalmente, flotando hacia el abismo oscuro sin más que un par de heridas grotescamente exhibidas en su fisionomía. Tifón lamió la frente del sujeto y miró hacia la superficie tras palpar las vestimentas del mismo. ¿Anthony Silverman, el anciano que buscó encasillarlo momentos atrás, no había ido solo aquella noche? No era el estilo del asesinado hombre actuar así, él era de ir de frente y exponer a gritos y blasfemias sus intenciones; razón mayormente culpable por la cual terminó como lo hizo. El ser marino emergió desde las profundidades cauteloso y acechante, sólo asomando su frente por sobre la superficie del agua, buscando cualquier presencia en la, aparentemente, desolada zona.

Tifón

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